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domingo, 25 de abril de 2010

"Deliciosamente vulnerable" cap 36

Aquella noche Pedro iba a salir con la hermosa mujer que había visto el día anterior y de la que ni siquiera sabía el nombre. Había bastado enviarle una tarjeta de su trabajo, garrapatear al dorso la frase “ ¿Creés en los sueños?”, y mandársela a través del mozo, con la indicación de que se la entregara en privado. Al día siguiente la conversación había sido breve: sin identificarse la dama le había respondido “Sí, creo en los sueños”. Él supo de inmedito de quién se trataba y sin más explicaciones le había dicho:“Yo también... Entonces nos vemos esta noche. Chau”,cortándole sin más... Un extraordinario golpe de efecto, propio de un maestro. El que no hubiera indicado el lugar de la cita la iba a mantener pendiente todo el día. El que no la pasara a buscar, iba a demostrarle quién estaba al mando... Para cuando se encontraran, en el mismo lugar que el día anterior, ella ya iba a ser suya.


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El resto de aquel día Mariana lo pasó en la clínica, junto a su hijo. El chico parecía recuperarse con rapidez. Había nacido con un test de Apgar de apenas tres sobre un total de diez, subiendo espontáneamente y en poco tiempo a siete: Fernando Pedro parecía aferrarse a la vida con desesperación.

Cuando ya era de noche, Mariana volvió al Convento. Al entrar a su cuarto encontró un inmenso ramo de rosas rojas sobre la cama. Su corazón se paralizó al ver la tarjeta: no tenía firma, pero ella conocía muy bien aquella caligrafía. El texto era simple: “Felicitaciones a la nueva y valiente mamá” Mariana tomó el ramo y, así como estaba, se lo llevó a Flavia al cuarto. Ella se emocionó mucho al verlo. Era el primer ramo de flores que recibía en la vida.

—¿Quién me lo manda? —preguntó.

—No sé. No tiene firma.

—Seguramente debe ser del papá de las tres nenitas...Dice que fue novio tuyo, y siempre me hablaba muy bien. Es un tipo muy dulce.

Mariana sintió un pinchazo en el corazón y calló.

Aquel había sido un día demasiado largo.


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Durante los tres días subsiguientes al nacimiento, Flavia no había querido ver a su hijo, a quien se refería únicamente como “el bebé”. Tampoco estuvo de acuerdo conque le extrajeran leche para amamantarlo.

Mientras tanto el dinero de Mariana había corrido con tal rapidez que se había acabado, y las hermanas tuvieron que usar parte de un fondo solidario para subsidiarla. Por supuesto, ella no había estado ociosa en el Convento. Le bastaron aquellos pocos días para poner en orden las cuentas, y la limpieza de la cocina, un tanto descuidada últimamente por la anciana hermana Marta. Pero cuando el cuarto día comenzó, y el Dr. Herrera le anunció que iba a permitirle llevarse el bebé de la clínica, Mariana corrió a comprar el pasaje para Buenos Aires.

Tenía cuatro días para arreglar las cosas con Flavia, instalarse con el bebé, y volver a su antiguo trabajo, hasta que comenzara el nuevo.


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Aquella tarde, como todas las otras durante su estadía en el Convento, Mariana fue a Misa de siete. Necesitaba rezar y calmarse. Encontrar el punto de apoyo. El Centro que diera sentido a las demás cosas.

Estaba aterrada. ¿Cómo iba a ser su vida con un hijo?¿Cómo iba a arreglarse sola en Buenos Aires? El ritmo de la ciudad era enloquecedor, y un mejor trabajo no sólo implicaba un mejor sueldo.

Observó las paredes de la Iglesia. Eran como su casa...¿Y si no volvía nunca más a Buenos Aires? ¿Si criaba a su hijo allí, al amparo de las hermanas y el Convento? Y le bastó pensar así, para que sintiera unas manitos frías apoyarse en su pierna. Bajó la mirada y reconoció aquella cabecita con un pelo rubio enmarañado. Se dio vuelta y lo vio.

José Luis.

El mismo José Luis conque había estado a punto de casarse cinco años atrás. Con algo más de panza, pero básicamente el mismo. Excepto por dos cosas: el bebé que sostenía en sus brazos, y la pequeñita que se abrazaba a sus piernas.

Él le devolvió la mirada y sonrió. Mariana volteó su cabeza hacia el altar. Otra vez se sentía como aquel día en que había llevado la ropa de Pedro al lavadero. Otra vez estaba así, mirando hipnotizada los giros de la máquina, y viendo su propia vida girar, impotente.


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Cuando Mariana se había marchado a estudiar a Buenos Aires, hacía ya cinco años, dos meses y cinco días atrás, José Luis había quedado devastado. Ya nada le importaba, y por eso había aceptado con mansedumbre el matrimonio con Vanina, arreglado por los padres de ambos. Pero nunca había podido amarla. Al menos no como a Mariana.

Durante los primeros años juntos, aquel era un nombre que nunca se pronunciaba en su casa. José Luis se había recibido y había comenzado a trabajar a tiempo completo, tratando de estar alejado lo más posible de su mujer y su hija Dolores. La vida para Vanina, que siempre había amado a José Luis, llegando incluso al punto de traicionar por él a su mejor amiga, comenzó a volverse insoportable. Se pasaba el día y las noches llorando. El matrimonio iba al más completo fracaso... Hasta que la Hermana Clara intervino. Ella había insistido para que emprendieran un viaje juntos, lejos de las familias y del cuidado de la bebé, que había quedado a su cargo, en el Convento.

Al regresar se los veía distintos, más unidos. Otro resultado de aquel viaje fue el nacimiento de su segunda hija, a la que llamaron, de común acuerdo, Mariana. Al poco tiempo llegó la tercera: Vanina. Todo parecía marchar bien, pero las culpas y recriminaciones encubiertas nunca cesaban del todo. Incluso la misma tarde del accidente de Vanina, habían peleado ácidamente. Y es que José Luis, por más que se esforzaba, no podía querer a sus hijas por igual. Y aquella tarde fatal su esposa se lo había recriminado: “Siempre preferiste a Mariana”, le había dicho. Y él, sin atreverse a mirarla, había asentido en silencio. Bastó sólo eso para que ella comprendiera que ya no hablaban de sus hijas....Dolida y llorosa, había subido al auto rumbo a casa de su madre. Y fue en la misma curva en que casi veinte años antes habían muerto los padres de Mariana donde, por una cruel casualidad, ella perdió su vida.

Quizás por la neblina.

Quizás por su desdicha.


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Cuando José Luis supo que Mariana iba a adoptar un hijo y que iba a ir a buscarlo allí, a Mendoza, no pudo volver a aquietar su corazón. Amaba a esa mujer tanto como la había amado aquel día, hacía ya once años, en que la había visto decir su discurso, vestida de uniforme. Deseaba a esa mujer ahora con el mismo deseo tan fuerte que lo había obligado a recurrir a Vanina para aplacarlo. Era capaz de aceptarlo todo por ella, de sacrificarlo todo. Mariana le pertenecía legítimamente y había llegado la horade ir a buscarla.

Dios la había vuelto a poner en su camino justo cuando más la necesitaba. Milagrosamente se encontraban, cinco años, dos meses y cinco días después, en el mismo punto en que se habían perdido el uno del otro. Y esta vez no estaba dispuesto a permitir, de ninguna manera, que eso volviera a pasar...


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Mariana había vuelto al Convento llevando a su pequeño hijo en brazos. Nunca había sostenido a alguien tan chiquitito y frágil, y estaba entre asustada y conmovida. De inmediato había ido a buscar a Flavia para mostrárselo, sólo para descubrir que había escapado durante la noche, sin siquiera pedirle los mil pesos pactados. Ahora sólo estaban ella y el bebé. Y fue terrible.

Cuando Ferni comenzó a llorar, a los pocos minutos de su llegada, Mariana intentó calmarlo con la leche maternal. El chico la rechazaba, vomitando lo poco que llegaba a sus labios. De inmediato probó mudándole los pañales, los primeros que cambiaba en toda su vida, llenos de una pasta dorada que era incapaz de dominar sin mancharse o ensuciar al bebé. Después intentó acunarlo, pero él gritaba más fuerte... Entonces llegó la Hermana Clara (¡Dios la bendiga!), puso al bebé sobre su hombro, golpeó su espalda hasta que eructó, le ajustó el pañal, y luego lo acostó boca arriba a dormir. En dos minutos de nuevo reinaba la calma en aquel cuarto.

Excepto que ahora era Mariana la que no podía parar de llorar.


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Otra vez Mariana se encontró con la pequeña Dolores en el pasillo. Pero esta vez el ánimo de la nena era alegre.

—¿Vos te llamás Mariana, como mi hermanita? —le preguntó a modo de saludo.

—¿Tu hermanita se llama Mariana?

—Zi.... Y la bebé se llama Vanina, como mi mamá...¿Voz sabés quién ez mi mamá?

—¡Sí!... Yo quise mucho a tu mamá. Era mi mejor amiga... Tenía los ojos igualitos a los tuyos.

—Mi mamá ze fue al cielo —informó con tristeza Dolores.

—Ya sé, ya me contaron.

Mariana no pudo evitar alzarla. Esa nenita la conmovía...

Fue entonces cuando sintió unos poderosos brazos que la rodeaban por atrás. Era José Luis. La pequeña Dolores se tiró hacia su padre, que apenas pudo atajarla.

—Hola.

Y bastó aquel tibio saludo para que Mariana se sintiera inundada del inmenso amor que aquel hombre aún conservaba por ella. Se adentró en la tristeza de sus ojos claros... y se compadeció de él.

Quería a aquel hombre. Tanto como había querido a Vanina. Y por más que ahora lo intentaba, no podía encontrar rencor en su corazón. Sólo un cariño profundo.


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Aquella noche, mientras paseaba a Fernandito, tratando inútilmente de calmarlo, Mariana no dejaba de interrogarse.

Pedro le había enseñado a sentir la necesidad de un hombre, y ahora la cercanía de José Luis la confundía en más de un sentido. Era fuerte, viril, y parecía dispuesto a protegerla, justo ahora que se sentía tan débil. Y era evidente que en verdad estaba enamorado de ella. Él nunca había dudado en comprometerse, porque su amor alcanzaba para eso y mucho más... Incluso para no preguntar cuando ella accidentalmente lo había llamado Pit.

José Luis la quería a pesar de todo, y estaba dispuesto a perdonarlo todo, sin cuestionamientos. Y Marianaa estaba demasiado sola.


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A las visitas de la pequeña Dolores al cuarto del bebé, siguieron las de su hermanita Mariana. Las dos preguntaban fascinadas, y Mariana estaba encantada de responder. Tenían la chispa de su madre y la seriedad de su padre.

Durante aquellos pocos días todos comenzaron a tener esperanzas de que Mariana y José Luis volvieran a reunirse. Hasta los padres de Vanina sentían que aquella muchacha que tantas veces habían albergado en su propia casa, y cuyo buen corazón conocían, era lo mejor para sus pobres nietas. Ni que hablar de la madre de José Luis, que por primera vez en aquellos últimos cinco años veía sonreír a su hijo .Incluso las hermanas comenzaban a habituarse a la idea de volver a tener la ayuda de aquel tesoro que todavía no se resignaban a haber perdido.

Todos albergaban esperanzas....


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Pedro se revolvió en su cama, que por efecto de la decoración de Ayelén se había vuelto inmensa, y apenas levantaba unos centímetros del suelo. Ya no conocía su propio departamento: aquella mujer increíble con que ahora compartía su vida lo había cambiado completamente, siguiendo las reglas del Feng shui, y dándole los colores de la tierra. Todo parecía fresco... Un nuevo inicio. Su nueva compañera casi no hablaba, pero bastaba verla desplazarse con su andar felino para que a Pedro se le alegrara el alma.

Cada noche de sexo junto a ella era inigualable: él no tenía que hacer nada, era ella la que arrancaba el placer de su cuerpo. Conocía las técnicas más antiguas y complejas para satisfacer a un hombre. Sexo tántrico, o algo así... No importaba. Por primera vez desde la partida de Mariana, Pedro había vuelto a recuperar el sueño.

Dio una vuelta más y pudo contemplar a Ayelen en posición de loto, desnuda frente a la ventana. El olor a sahumerio inundaba el ambiente, (un poco fuerte, quizás), y Pedro por primera vez en mucho tiempo se sintió feliz.

—¿Por qué no te quedás? —le propuso, al verla levantarse.

—¿Esta noche? — preguntó Ayelén con su voz grave y algo ronca.

—Siempre.


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Era de noche y Mariana había salido para cerrar la puerta del Convento como lo hacía cada noche desde su llegada.

La luna estaba llena e iluminaba el parque. La briza era serena y templada. Mariana respiró aquel aire de su infancia, de su tierra. Ese era su lugar en el mundo. Y el de su hijo. Allí iba a poder ser libre, como siempre lo había soñado, alejada del miedo y la soledad. Lejos de Buenos Aires, y su ruido...

Lejos de Pedro.

Entonces sintió que alguien la abrazaba. Era José Luis que comenzaba a besarla y acariciarla con desesperación, con toda esa necesidad por ella que había arrastrado durante la mayor parte de su vida.

Mariana lo dejó hacer. Quería a ese hombre. Amaba su bondad, su generosidad, su forma de protegerla...Pero cada beso le hacía percibir más claramente que lo quería..., pero que no lo amaba. Entonces lo detuvo. Y le habló de Pedro. Y de su amor sin esperanzas. Y de que por mucho que quisiera mandar sobre sus sentimientos, (¡y como lo hubiera querido!), su cuerpo y su alma ya tenían dueño, aunque éste no tuviera intenciones de cuidar su propiedad. No podía hacer el amor con José Luis porque no tenía amor para él. Sólo aquella ternura de amiga, que a los dieciocho años le hubiera bastado para entregársele, pero que ahora no le alcanzaba....No quería mentirle. No quería casarse con una mentira. No quería traicionarse a si misma por miedo o comodidad.

Quería una chance de ser feliz.

Quería su libertad.


YA FALTA POQUITO PARA EL REENCUENTRO!!!! NO SE DESESPEREN JAJA

VOTEN EN LA ENCUESTA QUE DEJE... QUEDAN 4 DIAS!!! ACUERDENSE QUE EL VOTO ES SECRETO, UNIVERSAL Y OBLIGATORIO... JAJA

BESOS... MIKITA

sábado, 24 de abril de 2010

"Deliciosamente vulnerable" cap 35

Flavia no podía dormir pensando en la cesárea. Aquella cosa que se movía en su vientre iba a obligarla a entrar en un quirófano, pero no como enfermera, sino como enferma. Las imágenes de aquella catarata de sangre cayendo de entre sus piernas volvían a su mente una y otra vez. Los gritos de los miserables de la salita de Ingeniero Bunge todavía resonaban en sus oídos. No había dinero para calmantes en su mundo. No existía calmante alguno que hubiera podido mitigar el dolor de Flavia cuando el Dr. Pérez Prado le dijo que la iba a dejar para volver con la yegua de su esposa... Otra vez estaba desesperada. Aquel tibio recreo que había tenido al llegar a Mendoza, las primeras vacaciones de su vida, había llegado a su fin. Ahora sólo la esperaba el dolor.

Buscó el arma que había quedado enterrada en el fondo de la valija, la tomó entre sus manos, y por fin pudo dormirse. Tenía la tranquilidad de que al iniciar el próximo día, un solo tiro iba a poder liberarla de sus penas.

Fue un largo sueño, poblado de pesadillas. Soñaba que el Dr. Pérez Prado le hacía el amor, como antes. Sentía la dulzura de sus palabras al oído... Pero de repente era “el papi” llamándola “m’hija”, y ella miraba, y de entre sus piernas aparecía “la cosa del viejo”, y cuando él la sacaba empezaba a asomar una cabeza sanguinolenta que se movía y la llamaba “mamá”.Flavia intentaba gritar, pero no podía. Quería arrancar aquel monstruo de su interior, pero no lo lograba... Y después sólo estaba ese terrible dolor en el vientre...Fue ese mismo dolor el que la despertó.

El parto ya se había iniciado.


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Mariana abrió los ojos. Los pasos apurados que se oían en el pasillo la habían hecho despertar. Era un recuerdo de su infancia que todavía la hacía estremecer: esa agitación nunca anunciaba algo bueno. La había escuchado cuando se habían metido los chicos del industrial totalmente borrachos. También el día del robo. E, invariablemente, cuando sucedía la muerte de alguien en el Convento.

Se vistió a los apurones y, sin preguntar a nadie, corrió hasta la habitación de Flavia. El sencillo camastro estaba vacío, y su corazón se paralizó.

—Está en la enfermería —le anunció la Hermana Clara, a su espalda—. Acaba de llegar el doctor y dice que no hay tiempo para traslados... Flavia quiere que vayas.

Mariana sintió que la habitación giraba y creyó que sus piernas no iban a sostenerla. ¡El momento había llegado! Cerró los ojos, respiró profundo, y echó a correr, y sólo se detuvo cuando los gritos de Flavia volvieron a paralizarla.

La Hermana Clara abrió la puerta de la precaria enfermería. Era evidente que la futura sufría más por el miedo que por el dolor, y Mariana se compadeció de ella. Volvió a respirar profundo, entró, y tomó el lugar en la cabecera, sosteniendo la mano de Flavia, tratando de tranquilizarla. Vió sin ver al doctor, que sudaba preocupado, y que sin decir palabra permanecía a los pies de la cama, atento al bebé. Tampoco quiso ver el instrumental, de seguro para los fórceps que el médico preveía. Y, por fin, ignoró también la sangre y el escalpelo que aquel hombre mayor tan hábilmente estaba esgrimiendo. En ese momento usó la misma concentración que le era tan útil al estudiar, para atender a Flavia, para calmar su dolor, para mitigar su ansiedad. Lo único de aquel día que iba a recordar después, iba a ser al bebé saliendo de entre las piernas de su madre, blanco, callado, inerte. La imagen del doctor llevándolo a la otra sala, todavía envuelto en la placenta, y cerrando la puerta tras él. Su propia oración, bautizando al recién nacido, nombrándolo Fernando Pedro, como los dos únicos hombres que le habían importado de verdad: su padre, y su gran amor.

Recordaba vagamente el haber llorado por aquel bebé. Pero lo que nunca se le iba a olvidar, por el resto de su vida, fue la profunda alegría que sintió al escuchar el llanto de “su hijo”, y las palabras emocionadas del doctor: ¡vive!


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Sentado en aquel lugar de moda, Pedro no podía dejar de pensar que estaba harto de escapar. Ya no era dueño de su propia casa. Cada objeto en ella le recordaba a Mariana. Cada habitación estaba poblada de su presencia. Era algo que un día iba a tener que superar. O se mudaba, o generaba nuevos recuerdos. Y en días como aquel se sentía particularmente solo.

Volvió a tomar una copa de champagne. La última. Levantó la botella y la miró al trasluz para cerciorarse deque estuviera vacía... Y entonces la vio.

Deslizándose como un gato, su largo pelo rubio cayendo hasta la cintura. Desde lejos podía saberse que era una artista. Lo decía su ropa, liviana y con un ligero aire a los años setenta, sus collares, sus sandalias, que acompañaban a sus pies delgados en ese andar sereno que lo había deslumbrado.

La vio sentarse y observó su perfil. Su nariz prominente, sus labios sensuales, sus ojos verdes y felinos. Aguzó el oído y pudo deleitarse con aquella voz ronca a fuerza de tabaco. Era una mujer menuda, pero a pesar de eso exudaba voluptuosidad.

Se imaginó haciendo el amor con aquella belleza y sintió su sexo reclamar. Era su oportunidad... Por supuesto que él estaba allí acompañado, y que la dama en cuestión se estaba besando con otro, pero eso no significaba nada para un Lanzani.

La hora de crear nuevos recuerdos había llegado.


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La mañana había sido larga y difícil. El doctor se había llevado al bebé al sanatorio. Consideraba el hecho de que estuviera vivo como un verdadero milagro, así que, emocionado, había decidido hacerse cargo de los gastos de la terapia intensiva que requería. Flavia estaba bajo los efectos de los calmantes y dormía al fin.

Mariana había pasado un par de horas en la Capilla, rezando por la vida de aquel hijo que parecía querer escapársele. Casi al mediodía, exhausta, la muchacha decidió entregarse sin más a la Voluntad de Dios, y se dirigió a su cuarto para dormir, los ojos rojos por el llanto. Y entonces la vio. O la imaginó, no lo supo precisar. Era una nenita con pelo negro, de unos cinco años, llorando en el piso frío del Convento. Era como ella misma, hacía tanto tiempo atrás... Reconocía ese llanto: era de un dolor profundo.

Sin saber si era real o una fantasía, fruto de su cansancio, Mariana corrió a levantarla y la acunó entre sus brazos. La nenita se acurrucó, dejó de llorar, y comenzó a chuparse un dedo, como predisponiéndose a dormir.

—Está un poco sensible —explicó la hermana Clavelina, a su espalda—. Es que perdió a su mamá hace pocos meses... —Y diciendo esto se la quitó suavemente a Mariana y la tomó en sus brazos para llevarla a la sala común.

La joven no podía dejar de observarla, conmovida. Al notarlo, la hermana creyó saber el motivo.

—Te imaginás quién es, ¿no?

Ella negó con la cabeza, confundida.

—Es la hija de José Luis.... ¿Cómo? ¿No sabías que su esposa murió en abril?


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Cuando Mariana era chica, el colegio de las hermanas no era mixto. Por el contrario, las aulas estaban habitadas por mujeres que las llenaban no sólo de inteligencia y aplicación, sino también de celos, envidias y aquella crueldad femenina, tan refinada e hiriente. En medio de aquel mundo de mujeres, Vanina Reyes era la reina. Hija de una de las familias más ricas de la provincia, dueños de una de las mejores bodegas, lo tenía todo: gran inteligencia, excelente memoria, sorprendente belleza... Y aquello que no tenía, su madre se encargaba de comprarlo: clases de baile, música, natación, tenis... Y por supuesto, el mejor complemento de una mujer: ropa, mucha ropa. Lo que hiciera falta para que su hija fuera la más popular. Y en verdad lo era. Todos admiraban a Vanina...Y Vanina admiraba a Mariana.

Ella no ignoraba que, a pesar de que sólo se vestía con uniforme de colegio, (las hermanas consideraban un desperdicio el gasto en ropa), la otra la superaba ampliamente en hermosura. Y si bien Vanina siempre había sido abanderada, el último día del último año, cuando por fin Mariana tuvo ese honor, el salón de actos se vino abajo por la ovación cerrada de padres y alumnos. Y había sido la misma Vanina la que había iniciado el aplauso. Y es que todos querían a la pobre huérfana, criada entre las monjas, y además sabían que era por mucho la verdadera merecedora de la bandera, pero nadie se había animado en un principio a vivarla, por respeto a la poderosa familia Reyes. Pero había bastado el aplauso sincero de Vanina para que los demás dieran rienda suelta a la alegría por las dos amigas.

Y es que Vanina y Mariana se habían convertido durante la secundaria en amigas inseparables. Era ella la que la ayudaba a Mariana a escaparse para ir a bailar, la que le prestaba ropa, la que la llevaba a esquiar durante las vacaciones de invierno. A cambio Mariana escuchaba sus penas de amor, le explicaba matemáticas y le enseñaba los pasos de moda. Durante las horas de clase, Vanina imponía su tiranía a las demás compañeras, pero al llegar la tarde, dejaba a un lado su corona y vagaba con su buena amiga por reinos que sólo las dos conocían.

Una envidiable amistad nacida al fin de la primaria. Más precisamente, el día del último acto escolar. Aquel día Vanina había sido abanderada y protagonista en una pequeña representación sobre la escuela en la época de la colonia. Su disfraz era, como siempre, maravilloso. Su pelo, naturalmente lacio, caía en un ramillete de tirabuzones logrados a fuerza de dinero y paciencia. Era la más hermosa y todos la admiraban. Todos menos el hijo de la profesora de historia del colegio. Aquel muchacho rubio y de ojos celestes, ya casi a punto de finalizar el secundario, con un pelo endiabladamente rizado y la piel tostada por tantas horas de deporte al aire libre; aquel chico deseado por todas, en ese mundo cerrado de mujeres; él sólo tenía ojos para la pequeña nenita que había dado el discurso inicial. Lo habían atrapado su mirada, su desenvoltura, su gracia. Lo había desmoralizado un poco que pareciera tan chiquita, pero también eso lo había encantado: su aspecto frágil, esa apariencia de necesitar protección inmediata. Y al verla allí, parada junto al micrófono, luciendo el horrible uniforme del colegio, él supo que quería protegerla.

Aquel día, el último día del último año de la primaria, José Luis Vázquez supo, en el fondo de su corazón, que se había enamorado de Mariana Esposito.


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No fue sino hasta mediados de primer año del secundario que José Luis se le declaró a Mariana. Por supuesto tuvo que recurrir a la mediación de su fiel amiga Vanina, y fue ella misma la que convenció a la otra de aceptarlo.

Juntos los dos, aquel muchacho de dieciocho años, y más de un metro ochenta de altura, y la nenita de trece, que apenas superaba el metro cincuenta, hacían una extraña pareja. Pero al verlos bailar incansablemente, trepando montañas, cabalgando, o leyendo a la sombra de un árbol, se pensaba que habían nacido para estar juntos.

Durante los primeros años de noviazgo, y bajo la atenta vigilancia de las monjas, todo había transcurrido como una amistad, matizada por uno que otro beso furtivo. Pero, ya casi finalizaba el tercer año, y mucho después que sus compañeras, el cuerpo de Mariana comenzó a adquirir las características del de una mujer. Una espléndida mujer.

José Luis fue el primero en notar cada una de esas diferencias. Parecía más inquieto y celoso. Pero, aparte de eso, nada resultaba distinto en aquel noviazgo tan controlado por todos. Sólo cuando Mariana inició el quinto y último año, él comenzó a hablar de matrimonio e hijos. Quería que para el fin de aquel verano fuera su mujer.

La madre entendió perfectamente el apuro de su hijo así que, a pesar de que aún le faltaban dos años para recibirse de ingeniero, comenzó a preparar todo para la boda. Incluso compraron un pequeño departamento en la ciudad para la nueva pareja. Las hermanas también estaban de acuerdo. Mariana quería inscribirse en una carrera allí, en la Universidad de la zona. Eso las llenaba de orgullo, pero también de temores. La chica iba a gozar de más libertad, y ninguna de ellas ignoraba el poder de la carne: “El hombre es fuego, la mujer estopa. Viene el diablo y sopla...”, no se cansaba de repetir la hermana Angelina. En cambio Mariana no tenía en cuenta los soplidos del diablo. Aquello no era un problema para ella. Pero sí la atraía el tener, al fin, una familia. José Luis era un hombre con el que se sentía muy cómoda, en el que podía confiar, y que la amaba. Y además era muy buen mozo.

Lo tenía todo: era el marido ideal.


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Las hermanas tenían múltiples obligaciones con toda la sociedad cuyana. Gracias a ellos podían llevar adelante su pequeño emprendimiento de comidas para fiestas, en el que Mariana había participado desde los diez años. Ese dinero extra les había permitido dar cabida en su escuela a chicos pobres del Gran Mendoza, brindándoles también a ellos la excelente educación por la que tenían tanta fama. Además lograban financiar la pequeña salita y enfermería, donde se impartían gratuitamente las vacunas que los gobiernos negaban, pero que eran tan necesarias al arreciar la pobreza. Todas aquellas obras, y muchas más, eran logradas a fuerza de una actitud “política” de las hermanas, que no era precisamente la que más les agradaba, pero que era necesaria para poner de su lado a aquella gente de corazón duro.

Por eso cuando Mariana habló de comprometerse en diciembre y casarse en marzo, las hermanas vieron aquella fiesta como una forma de establecer y renovar vínculos con la clase acomodada. Todos recordaban y estimaban a aquella nenita simpática y hermosa que había servido sus mesas, preparado sus comidas, e incluso mediado en algún ataque de nervios ocurrido durante sus fiestas. Así que estaban felices de participar y ser halagados con los exquisitos manjares de las hermanas. Se esperaba acomodar más de doscientas personas en el Convento, (los padres del novio corrían con los gastos)Cuando apenas faltaban dos días para el gran festejo,(Mariana había estado cocinando desde hacía cinco), apareció José Luis en la noche, preguntando por ella. Era algo fuera de toda regla pero, como excepción, la Hermana Clara había permitido la extraña visita. Por primera vez los había dejado solos en su despacho. Algo desencajado, José Luis había sido el primero en hablar:

—Mirá, Mariana, no pensaba decirte esto hasta después del compromiso. Sé que la fiesta te está dando mucho trabajo y no quería agregarte una preocupación más, pero... No quiero que alguien te vaya con el chisme... Tenés que saber que te quiero con toda mi alma, que lo único que espero es casarme con vos cuanto antes... Que esto no nos afecta en nada a nosotros... Al contrario, nos va a volver más fuertes.

—Me asustás... ¿Qué pasa?

—Vanina está embarazada.

Al escucharlo, Mariana, sacudida por la noticia, conmocionada, había formulado la pregunta más estúpida de toda su vida. Aquella que demostraba su gran inocencia y confianza.

—¿De quién?

Por toda respuesta José Luis se había limitado a agacharla cabeza. Y recién entonces Mariana no necesitó más explicaciones. Le había dado la espalda, caminando después lentamente hasta su cuarto, pero sin detenerse. Una vez encerrada allí, desoyendo los ruegos del que hasta entonces había sido su novio, por primera vez dejó de ser una niña. Era ahora una mujer distinta. Desconfiada de sus propios sentimientos y el de aquellos que la rodeaban.

Amargada, y mucho más sola de lo que había estado nunca, ya que ni siquiera la acompañaba la inocencia de su niñez. Esa misma madrugada había partido hacia Buenos Aires, llevando apenas la dirección de una pensión en el barrio de Belgrano, y una carta de recomendación del Convento. Desde entonces, nunca más había vuelto a ver al que casi fuera su marido. Y ahora sabía que nunca más iba a encontrarse con la que había sido su mejor amiga, y cuya traición había llorado tan amargamente.

La vida de Vanina se había apagado. Sólo un destello de sus ojos negros en los ojos de aquella pequeñita que había acunado, se resistía a morir.


Bueno, acá tienen un poquito del pasado de Mariana... y les voy a dar un consejito, porq soy re buena vieron?? "no se preocupen ni por Pedro ni por Jose Luis" me leyeron??? se los vuelvo a escribir??? "no se preocupen ni por Pedro ni por Jose Luis".
Ahora, les tengo una sorpresita... falta poquito para el reencuentro!!! si!!! unos pares de caps...
Bueno me voy... a disfrutar de mi sabado... al fin!!! no tengo facultad!!!! jaja besos chikas!!!!

pd: "Fernando Pedro"

viernes, 23 de abril de 2010

"Deliciosamente vulnerable" cap 34

—Claro que hago de todo. Y no tengo quejas.

—¿Estás seguro, Charly?... Porque esto no admite error... No quiero que después ande por ahí hablando demás...

—¡No va a hablar! —replicó él con seguridad— ¡Le voy a romper todos los dientes y no va a poder hablar en un mes! —anunció con orgullo.

—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Yo no quiero que la lastimes!... ¡Quiero que la mates!

Charly la obligó a callarse, y miró hacia los costados, visiblemente incómodo. Luego, en un suspiro, le respondió:

—Yo no hago eso... Y mucho menos si es una mujer... Creí que estábamos hablando de asustar a un tipo.

—¡Para asustar a un tipo no te necesito a vos! ¡Me basto sola!

Charly supo de inmediato que aquella niña malcriada le decía la verdad.

—Jodete, piba... Yo no mato a nadie, y mucho menos a una mujer.

“¡Maldita suerte!”, pensó Cony al escucharlo. Justo le habían recomendado el único patovica sensiblero. Y eso que no había mencionado que la mujer que quería borrar del mapa estaba embarazada. ¡Era el colmo! Estas cosas sólo podían pasar en un país bananero y machista como la Argentina. Al final iba a tener que arreglárselas sola. Como siempre.


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El último monitoreo del bebé no había sido nada bueno. Había que hacer una cesárea urgente si se quería tener alguna oportunidad de salvarlo. El problema era que Flavia se negaba terminantemente a entrar en un quirófano. No importaban las garantías que le daba la Hermana Clara. No bastaba que hubiera conseguido que el mejor obstetra de todo Cuyo la atendiera en su clínica, la más moderna de la región, Flavia estaba aterrada. En su práctica como enfermera había visto demasiado dolor, y no quería ser ahora ella quién lo protagonizara.

Para cuando Mariana emprendió el viaje, la situación se había estabilizado levemente. El corazón del bebé había tomado un nuevo ritmo, pero era evidente que se estaba asfixiando por el cordón umbilical. Cada giro que daba podía acercarlo a la muerte. Había sí o sí que operar.

Cuando llegó a Mendoza, Mariana se enfrentó a Flavia dispuesta a librar una nueva batalla en defensa de la vida, pero, para sorpresa de todos, bastó su presencia para que la otra aceptara la cesárea mansamente.

Ahora sí, el hijo de las dos estaba por nacer.


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Como Mariana no había querido convencerla de nada, Agustina más se inclinaba a pensar que, después de todo, quizás su amiga tenía razón en vivir de la forma en que lo hacía. Claro que si al principio hubiera hablado de compromiso y matrimonio, Ricardo hubiera huido despavorido, incluso mucho antes de lo que lo había hecho Lanzani.... Y entonces ella se hubiera perdido de seis años de buen sexo. Pero, por fin, la cama no lo era todo. De haberlo hecho, se hubiera ahorrado el tener que estar ahora como una idiota, rogando por lo que en verdad le pertenecía legítimamente. Había invertido seis años de su vida en aquel hombre: lo había ayudado a estudiar, había escuchado todos sus problemas y, como si fuera poco, le había hecho el amor. Y ella era muy buena en eso.

Estaba harta de preguntarse cada día si él iba a volver a su lado. Necesitaba contar con la seguridad de su presencia. Ya tenía treinta años, y si quería crecer como mujer, como profesional..., como madre, necesitaba un compañero, y no sólo un buen amante. Había llegado el momento de hablar seriamente con Ricardo, se dijo. Y un escalofrío recorrió su cuerpo.


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Aquella mañana Mariana se levantó antes de las seis para reunirse con las hermanas y rezar junto a ellas en la capilla.

Recordaba cómo la aburría hacerlo en su infancia y cómo, con el tiempo, había descubierto un lugar dentro del inmenso confesionario, donde podía dormir sin que nadie lo notara. El único problema lo tuvo la mañana que olvidó despertar, para horror del padre Benito que casi había muerto del infarto al ver salir semejante ánima durante la Misa de diez. Aún hoy Mariana sonreía al recordar la cara del viejo, y de los demás presentes.

Pero aquél día, lejos de resultarle cansadora, la oración de las hermanas era un verdadero bálsamo para sus heridas. Los primeros rayos del sol se colaban por las ventanas entreabiertas, comenzando a calentar la capilla helada por el frío de la noche. Las hermanas cantaban con voz calmada y serena. El tiempo parecía transcurrir con tanta lentitud, que casi rozaba la eternidad. Cada acto, cada palabra, cada gesto, hablaban de lo inmutable, de lo seguro. Y una inmensa paz comenzaba a adueñarse de Marcela. Y esa paz le permitía sentir su alma. Y en el medio de su alma, una inmensa necesidad de Pedro...

O de Pit...


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Luego de que Pedro fue asociado al estudio, los viajes a Milán se multiplicaron. Máxime cuando la conexión italiana descubrió su ascendencia véneta por parte de madre, y lo bien que hablaba el idioma. Y es que cuando un pobre quiere dominar una lengua suele someterse al tedio y la tortura de clases programadas y, tratando de meter la gramática en su cerebro, termina olvidando lo más importante: comunicarse. En cambio los ricos suelen recurrir a sus viajes. Amigos, diversión, necesidad, todos son buenos maestros. Y así había aprendido Pedro el italiano. Yendo a visitar a sus primos para el carnaval veneciano, durante sus años de adolescencia, y, aunque en su mayoría sabía decir insultos, banalidades y palabras de amor, su pronunciación era tan adecuada que permitía olvidar a los milaneses el “Lanzani” de su apellido.

Además estaban encantados con el hecho de que, si bien Pedro manejaba a la perfección los vericuetos de la corrupción, tan propios de los países extracomunitarios, no disfrutaba transitando por ellos e, incluso, a diferencia de su propio padre, tenía una ética muy europea para los negocios.

Todos estaban contentos con el nuevo socio. Sin duda Pedro era una gran elección.


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A pesar de que Agustina era capaz de abrir al medio a otro ser humano sin que le temblara el pulso, el día que decidió enfrentar a Ricardo para exigirle estabilidad, su corazón no dejaba de palpitar. Se sentía miserable. Era como si en su manual de mujer liberada, repleto de consideraciones sobre sexo y trabajo, algunos temas hubieran estado totalmente prohibidos y denostados: amor, compromiso, hijos, (en tanto se quisiera involucrar en ellos al padre)... Y por supuesto, el más vergonzoso de todos: el matrimonio. Algo impensado si se podía acceder, en cambio, al sacrosanto sacramento de “la pareja”.

Cuando Ricardo llegó, Agustina le escupió torpemente todo “de una” y sin parar, ( ¡al mal paso...!)Su novio la observó atónito. Ni imaginaba semejante planteo. Y hasta le hubiera sorprendido menos que ella le reclamara formar una pareja abierta, o establecer un trío...¡Pero aquello!... Si apenas llevaban juntos... ¿cuántos?,¿cuatro, cinco años? ¡¿Seis?!... ¿Seguro que eran seis?...

Ricardo pidió un tiempo para pensarlo, (después de todo, apenas había tenido seis años para hacerlo), y Agustina, que sintió el ruido de su corazón al romperse cuando él lo hizo, se lo concedió.

A los tres días la llamó, (los peores tres días de su vida: ya no sabía si por el miedo de perderlo, o por la bronca deque él lo dudara tanto), la invitó a un restauran caro, le compró flores, y le hizo la gran propuesta: irse a vivir juntos.

No era precisamente lo que Agustina esperaba, pero era todo lo que aquel hombre miserable era capaz de dar. Ella aceptó sin poner condiciones, pero en su corazón algo se cerró: juntos o separados, supo que siempre iba a estar sola.


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Los pies de Mariana parecían haberse vuelto de plomo y sólo el gran cariño y respeto que sentía por la Hermana Clara impedían que saliera corriendo. La directora la había mandado llamar a su oficina, como cuando era chica: como cuando contestaba mal a una maestra, o se escapaba para ira bailar. Al abrir la puerta sintió que su corazón se paralizaba: allí estaba ella, la vista fija en sus papeles. Mariana no la distrajo, y se quedó parada firme junto a su escritorio. La hermana levantó la cabeza y sonrió al verla.

—Ya no sos mi alumna, podés sentarte sin esperar mi permiso.

Mariana la obedeció tímidamente.

Aquella mujer pequeña, envejecida, pero que aún conservaba el carácter y la fuerza de su juventud, la observó con detenimiento.

—Parece increíble... Te convertiste en toda una mujer —se dijo con satisfacción—. Todavía me parece verte, sentada en esa misma silla, llorando por aquel raspón cuando tenías cinco años... ¿Te acordás?.. Y cuando viniste a hablar conmigo y me contaste lo de José Luis, y que te ibas a estudiar a Buenos Aires... ¡Como lloraste aquel día!

Mariana asintió en silencio. La hermana continúo

—Para nosotras fuiste como una verdadera hija. Te enseñamos lo mejor.

La Hermana Clara se puso de pie y se acercó a Mariana, mientras continuaba con su discurso.

—Te enseñamos a ser una buena persona... A obrar de acuerdo a tu Fe... ¿No es cierto?

—Claro que sí, hermana —contestó Mariana, que la veía aproximarse un tanto sorprendida, preguntándose si, después de todos aquellos años, por fin iba a abrazarla.

—¡Y entonces, ¿quién te enseño a mentir?! —le gritó la hermana enfurecida, mientras le pegaba un golpe seco y certero en la cabeza, con una pequeña regla que llevaba en las manos.

—¡Auch! —se quejó Mariana por toda respuesta, mientras se sobaba.

La hermana continuó, enfurecida

—¿Qué es esa estupidez que anda diciendo esa chica Flavia acerca de que vas a poner su bebé a tu nombre?

—Ninguna estupidez, hermana.... Flavia iba a abortar...¡Yo no podía permitirlo!

—Se supone que tenías que ayudarla a encontrar una salida, no que le ibas a dar una escapatoria.

—Intenté hacerlo... Pero estaba como loca... ¡Hasta trajo un arma!... ¿Qué podía hacer yo? Ustedes fueron las que me enseñaron a defender la vida, aunque tuviera que jugármelo todo.

—Defender la vida, sí. Mentir, no... No se trata de que vos críes un hijo que no te pertenece, de que lo prives de su verdadera identidad, de su pasado, de su historia... No es uno de esos perritos que encontrabas por la calle y escondías en tu mochila... ¡Esto es un ser humano!

La hermana la observó con decepción antes de continuar.

—¿Qué dice el padre de todo esto?

—No lo conozco... Pero sé que no lo quiere.

—¡Ahhh! Esto se pone cada vez mejor... Así que si el padre alguna vez busca recuperar a su hijo, vos le cambiás la identidad al chico para que le sea imposible... ¡Muy bien!

El tono de la hermana pasó con rapidez de sarcástico a imperativo... Y esa mujer pequeña sabía cómo hacerse obedecer.

—Ya mismo estás buscando a esa chica y la convencés de...

Mariana no la dejó terminar, y la enfrentó con autoridad.

—¡Vamos hermana! La conozco... Sé que de seguro usted misma ya intentó disuadirla... ¿O me va a negar que la habrá traído mil veces a esta oficina para patotearla, como hace ahora conmigo?

—Yo no “patoteo” a nadie —se defendió la directora con algo de enojo—. Quizás soy algo vehemente cuando hablo con las personas, pero... —volvió a enfurecerse—.¡Caramba! No estamos hablando de mí ahora... Lo que tenés que hacer es buscar ya mismo a esa chica y...

—Le juré por Dios que iba a hacerme cargo de su...

Pero Mariana no había terminado aún la frase cuando la hermana le asestó otro golpe con su famosa reglita.

—¡No se jura! —le gritó con enojo—. ¿No aprendiste nada en este Convento?

—¡No tuve más remedio, hermana! Además, pensé...

—¡Pensaste que ella iba a arrepentirse!... Y en cambio está tan feliz... Y ahora la arrepentida sos vos.

—Yo siempre quise tener una familia... Estoy muy sola y...

—Pero, ¿te das cuenta lo difícil que es ser madre soltera? Vivimos en una sociedad muy hipócrita y a la gente le encanta juzgar... Aquellos que se burlan cuando una mujer decide no tener sexo, son los primeros en apuntar con el dedo si otra queda embaraza. La gente es muy cruel, y no va a hacer excepciones con vos...

La hermana suspiró, y tomó una bocanada de aire antes de continuar

—Toda madre es admirable... Pero una madre soltera lo es doblemente: por darle vida a su hijo, y por aceptar hacerlo en soledad... Una madre soltera es la más admirable y generosa de las mujeres... Pero no para el mundo.

La hermana volvió a hacer una pausa y luego continuó

—¿Y si algún día te enamorás?... ¿Pensaste en eso?

Mariana bajó la cabeza y calló, y aquella mujer que la había criado supo interpretar su silencio. Luego le preguntó

—¿Alguien del trabajo?

—De la facultad..., pero ya se acabó —contestó ella con amargura.

Demasiada amargura, pensó la Hermana Clara. Por un momento acudió a su memoria la imagen de aquel muchacho de Buenos Aires que había venido a visitar el Convento desde Las Leñas. Algo en su mirada le recordaba a la que ahora tenía su antigua alumna... Pero de inmediato volvió a concentrarse en Mariana. (CAP 19)

—Puede haber otros...

—No, hermana... Usted me conoce.

—Entonces, asumo que nunca pensás casarte.

—¿Por qué no? Hay muchas cosas, además del amor, en un matrim...

De nuevo Mariana no pudo terminar la frase sin tener que soportar otro pequeño golpe en la cabeza.

—¡Tonterías! —gritó la hermana— ¿Qué pasa? ¿Le tomaste el gusto a las mentiras?

Pero una vez más su antigua alumna se le enfrentó

—Lo lamento, hermana. No voy a quedarme sola, y ahora tengo un hijo para criar... No tengo la culpa de haberme enamorado de la persona equivocada... Si encuentro un buen hombre...

—Vas a jurarle un amor que no sentís... ¡No importa!¡Total ya estás acostumbrada a jurar!

La hermana tomó distancia y volvió a sentarse detrás de su escritorio. Mariana dio por finalizada su comparecencia ante aquel pequeño tribunal de la Santa Rota, y se puso de pie para irse. Cuando ya casi llegaba a la puerta, escuchó a la directora preguntar

—Aquel hombre del que te enamoraste... ¿sabe algo delo que pensás hacer?

—Sabe que voy a tener un hijo —dijo Mariana, mientras abandonaba el cuarto, justo antes de poder ver como por los ojos de la dulce hermana asomaban las llamas del infierno.

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